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20100609

Velos, burkas, mezquitas, la opinión pública española y el conflicto palestino-israelí

Que el gobierno haya iniciado precisamente ahora un "ajuste" de las relaciones y equilibrios de la comunidad musulmana —con el pretexto de restar poder a Rabat— ha dado pie a los medios, comenzando por El País, para iniciar la publicación de una serie de noticias que ponen de relieve supuestos "conflictos" entre españoles y musulmanes que actualizan la posibilidad y la probabilidad de fricciones y hasta de enfrentamientos. 

Que sea justo ahora, cuando ha quedado patente el apoyo de la opinión pública española hacia los palestinos —así como su rechazo y condena de la conducta israelí— por los hechos acaecidos con relación a la Flotilla por la Paz en su intento de romper el bloqueo a Gaza, perfila la existencia de un claro intento de influir en la visión que del ámbito musulmán en tierras españolas tiene la mayoría de ciudadanos españoles.

El método es aberrante pero conocido; se trata de influir en la opinión pública española haciéndola percibir peligros secretos y amenazas latentes en la comunidad musulmana. Se pretende así neutralizar o debilitar las reacciones negativas que despierta Israel contraponiendo imágenes diversas: islamitas barbudos que defienden el uso del velo, mujeres que pasean vestidas con el burka, grupos de fieles que rezan en las aceras, etcétera. Esta manipulación se exporta en el imaginario colectivo desde el ámbito puramente social al jurídico, al sugerir la existencia de litigios por derechos y propiedades para mezquitas y cementerios. Como si Código Civil y sistema judicial no fuesen bastante para resolver tales cuestiones.

Habremos de preguntarnos además si la actuación del Ministerio de Justicia obedece a un llamado externo a las necesidades reales del servicio a la nación y de ser así, conocer de dónde surge tal llamado y porqué se le considera hasta el punto de alcanzar rango de mandato; puesto que se accede a él, a qué precio y con qué contrapartidas. 

Si el gobierno se ha plegado a la voluntad del capital y a las exigencias de quienes quebraron el sistema financiero y ahora someten al sistema democrático a través de lo económico, cabe suponer que ya todo sea posible. 

Qué pensar ante la confluencia de una acción tan significativa por parte del Ministerio de Justicia, la actitud de la opinión pública frente a las acciones de Israel, el perfil más negativo en años del estado israelí, la presencia en el accionariado de Prisa de Nicolas Berggruen, estadounidense de orígen judío a través de Liberty Acquisitions Holding, y las noticias que El País ha comenzado ha publicar.

Tanta oportunidad es sospechosa. ¿Cabría pensar que es iniciativa del gobierno al objeto de mantener buenas relaciones con Israel y por ende con EEUU? ¿Quién pide que se influya sobre las percepciones de la opinión pública en favor de los agresores?

En todo caso, esta campaña mediática —que arreciará en nuestro país los próximos días y tendrá sus máximos en momentos relacionados con nuevas acciones de la Flotilla por la Paz— podría conformar peligrosas actitudes entre las comunidades y provocar enfrentamientos y tensiones que nadie debería alimentar.

20100606

Cultura para conseguir la paz

¿A quién culpar por los terremotos de Chile o de Haití? A quien se le ocurriera culpar a la física o a la geología, se le consideraría idiota. Nadie exclama "A qué tanta ciencia, tanta  tecnología" porque no impidan o eviten los terremotos. ¿Quién escribe, pues, los telediarios?

"Para qué tanta cultura si no podemos conseguir la paz", esta frase, oída en un telediario de la uno de TVE —referida a la obra de un fotógrafo cuyo nombre no llegué a registrar; estaba yo en los primeros estadios del duermevela de una siesta; un fotógrafo que ha tomado nota del mediterráneo y sus fronteras con su cámara—, esta frase mal construida y peor concebida, llama a error a quien la escucha. Se refiere a los milenios que, alrededor del mediterráneo, han visto ir y venir a los pueblos y se lamenta de las guerras y conflictos que lo conmovieron y que todavía alientan en sus fronteras y las tremendas consecuencias sobre la población; la ex Yugoslavia, Chipre, Palestina, Israel, El Sahara, Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Turquía… Y para terminar de inquietarnos, parece culpar a la cultura. Pero la cultura no es culpable; quizá no sea el remedio a ciertos males pero desde luego no es su causa. 

La vaciedad, la ligereza y el sinsentido o lo que es peor, la mala intención de los discursos a los que nos vemos sometidos, es aterradora. Si no, presten atención a lo que dice Israel sobre los cooperantes por la paz que han tratado y tratan de romper el bloqueo injusto al que es sometida Gaza. Y no sólo a lo que dicen. Atiendan a lo que han hecho.

20100525

Tribuna de los reproches

El ex presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, publica en El País un artículo titulado "Ajustes e izquierdas". Asumo que lo ha escrito como hay que escribir, con premeditación y alevosía. Podría ser, no obstante, que le hubiera sentado mal la cena.

En su artículo —tipo Simancas, ¿recuerdan? "Es duro… pero es necesario"— envía un reproche soterrado a los sindicatos por su intención de movilizarse contra las medidas que este gobierno "socialdemócrata" pretende imponer.

El señor Rodríguez Ibarra debe tener en cuenta que las medidas contra el déficit que ha tomado este gobierno podrían haber sido otras, deberían haber sido otras y deben ser otras. Ha de recordar asimismo que la situación económica no es culpa de los sindicatos ni del electorado. En esta ínsula Barataria que llaman Reino de España, al electorado se le busca una vez cada cuatro años y basta, después se le envía al depósito de cadáveres por otros tantos. No me lo involucre en sus hipnagogias. 

Rodríguez Ibarra reprocha a los sindicatos —y al electorado— por no haberse movilizado y salido a la calle a defender al presidente cuando los mercados empezaron a meterse con él, por ser tan guai y defender tanto el estado del bienestar. Venga ya. Salir a la calle para solidarizarse con el presidente, defenderlo de qué, ante quién, contra qué. ¿De los mercados, de los inversores? Dígale al presidente y apóyelo en ello, señor Rodríguez Ibarra, que legisle contra los mercados, que los regule, que muestre y demuestre el poder que emana del pueblo. Ya…, que no…, que el poder que tiene en las manos no es del pueblo. Que es del partido. Ya…, sí…, sí…, sí… Culpa mía. Se me olvida que no estamos en una democracia de verdad.

Rodríguez Ibarra abunda —como la mayoría de los cargos electos y los que tienen esperanza en serlo y en volver a serlo— en más de lo mismo, agradar a su señor, y nos presenta a Zapatero como lo quiere el partido, matiz "pobrecito, lo que sufre". Y al fin lo inmolarán si con ello el partido puede soltar lastre y mejorar expectativas. 

En cuanto a los sindicatos, cuando se les quiere, se les quiere de mamporreros. ¿Qué esperaba el señor Rodríguez Ibarra? Para una ocasión que tienen de parecerse a lo que deberían ser, ande, déjelos pastar a sus anchas que esta vez incluso coincide con el deseo —y las razones— de la izquierda. Y no me venga con amagos de plañidera; las movilizaciones no son como usted dice para que la derecha gobierne. Son para que ese partido suyo deje de esconderse tras el gobierno y el gobierno tras las circunstancias y la cosa euroyanqui. 

Lo único que puede y debe hacer el PSOE es limpiar los engranajes y girar a la izquierda, de donde nunca debió moverse. Ah, que nunca estuvo ahí…, ya…, disculpe…, me había parecido.

A estas alturas pretende el señor Rodríguez Ibarra hacer pasar a los psoelistas por socialistas, por gentes de izquierda. El PSOE lleva años sugiriendo al electorado que una política de verdadero socialismo podría mover a la derecha a una —¿otra?— insurreción armada o similar. Así consiguió meterse en política. Metiendo miedo. La gente le creyó y dejó de votar al Partido Comunista. Aquí estamos ahora, con los señores del puro metiéndonoslo en el… ojo.

Rodríguez Ibarra dice, al final de su artículo, que es de izquierdas y que luchará para que triunfe la política y no la economía especulativa. 

A ver si es verdad.