20100524

Justificación y corte de palabra

Veo con horror infinito, con desesperación profunda e inconsolable tristeza, cómo de manera obsesiva prolifera en páginas personales, blogs y sitios web, la manía abominable nunca bastante denostada de presentar el texto, siempre y en toda ocasión, justificado y —esto es lo grave— sin aplicar el conveniente y necesario corte de palabras.

En principio, la opción "Justificar", que suele ofrecer cualquier procesador de texto, incluso los de la "nube", es sólo y precisamente, una opción. Nadie os obliga, malandrines, a utilizarla. 

La justificación es adecuada para libros y periódicos —por el ahorro de papel que puede suponer— y para textos legales donde ha de evitarse la posibilidad de añadidos a posteriori. 

El ahorro y el control que podría aportar la justificación sólo se obtienen si se combina con el corte de palabras. De otro modo, a la hora de imprimir, se derrocha papel, se facilita la posibilidad de añadir de modo fraudulento texto no presente en la versión original y, sobre todo, se ofende la sensibilidad estética del amable lector. 

La página, justificada sin ese corte de palabras, presenta un aspecto absurdo, plagado de espacios de longura irregular que oprimen el ánimo y atentan contra el buen gusto hasta el punto de distraer la atención y entorpecer la lectura. 

Como la estética es la expresión, la encarnación de un cierto ethos —de un modo de ser y conducirse—, puede incluso hacer creer al lector que se carece del adecuado sentido de la proporción, del necesario ingenio, probidad y hasta de la imprescindible capacidad crítica que todo autor debe poseer sin excusa.

No me cansaré de repetirlo. La justificación de texto sin corte palabra es, sin duda, el más terrible de los pecados mortales; daña de manera irreversible la pureza del alma y condena sin remedio al tormento eterno. Estáis avisados.

Baste, como prueba de que es práctica pecaminosa, considerar el uso común que de ella hacen abogados, notarios, registradores de toda índole, políticos, jueces, policías y otros funcionarios del estado; en fin gentes relacionadas con la ley y sus difusos aledaños. Lamentable además que su mal ejemplo haya cundido entre el pueblo llano, no sólo en lo que atañe a la perversión de la forma tangible sino que se haya propagado como chancro venéreo ese estilo leguleyo-literario mechado de gerundios que tanto parodian y celebran algunos cómicos del stand-up.

El feo vicio de la justificación sin corte de palabra es pecado mortalísimo —no me cansaré de repetirlo— y sin embargo aparece por doquier salvo allí donde debiera; por ejemplo, la echo muy a faltar en las cuentas de gastos que el estado liquida, en los presupuestos autonómicos y en las demandas de explicaciones al señor Camps por parte de la oposición. Lo que sí hay en los hemiciclos es mucho corte de palabra y ninguna justificación.

Pregúntenle, pregúntenle a Camps por esos trajes, pregúntenle por esas cuchipandas deportivas y papales. Dirá de todo, hará de todo, amiguitos del alma, salvo justificar con detalle y propiedad los contratos escabrosos que la Generalitat suscribió y suscribe bajo su mandato. 

Esperamos que se vaya pronto a casa este president Camps, y ya mismo le enviamos, se justifique o no se justifique, un buen corte… de mangas. Para que se haga un chaleco.