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20100527

Entrevista exclusiva a Camps

—Gracias por recibirme, Honorable.

—Es un placer atenderle, joven. ¿Quién ha dicho que le recomienda?

—Hablé con usted ayer por la mañana. Vengo a entrevistarle.

—¿No será usted periodista?

—Pues sí…

—Yo esperaba a Jiménez Losantos. Usted no cojea.

—Siento mucho contrariarle.

—Le disculpo. Dése prisa, que me espera el sastre.

—¿Se siente acosado por la oposición?

—En absoluto. No estoy nervioso. Estoy tranquilo. Divinamente. Estupendo. Nunca he estado mejor. Mire cómo hiperventilo. ¿Ve? Nada, tranquilo, frío, inconmovible.

—Estuvo usted mucho tiempo desaparecido…, de viaje alrededor del mundo.

—Viajar es maravilloso. Me emociona, me apasiona.

—¿Es verdad que ha tratado usted con la red corrupta Gürtel?

—Le seré franco…, franco, franco, arri…, quiero decir sincero. ¿Acaso cree que me vendería por un par de trajes? Eso no se tiene en pie. 

—La opinión pública parece estar del lado de la acusación.

—Esta tela es magnífica. Toque, toque. Alpaca bengalí, una maravilla.

—¿Qué le parece que el juez Pedreira remita la causa a Valencia?

—Y muy fresquita. ¿Conoce nuestra maravillosa Comunidad Valenciana?

—Un poco, pero contésteme, qué le parece que Pedreira…

—Valencia es asombrosa. Como Valencia no hay nada. Es la mejor tierra del mundo. Y sus fiestas, ¿las conoce? Arquetípicas. 

—¿A cuánto asciende el endeudamiento de la Comunidad?

—Hemos traído las más prestigiosas competiciones mundiales a las puertas mismas de Valencia. Un lujo…, qué un lujo, un lujazo. Y no se olvide del Papa.  Los valencianos le quieren tanto. Los valencianos están muy contentos.

—A eso iba. ¿Quién organizó la visita del Papa?

—El Papa bendijo la ciudad. Y le insistimos en que hiciera lo mismo con la Comunidad entera pero dijo que no tenía cobertura, que más allá del Peñón d'Ifach no iba a llegarle el urbi et orbe. Por eso estamos planeando otra visita. Esta vez en plan tournée. Recorrería todos los pueblos cabeza de partido de la Comunidad Valenciana…

—¿Cuánto costó la visita papal?

—Y qué me dice del lugar relevante que hemos conseguido para la Comunidad en el mundo. Y sin meternos en una guerra injusta.

—La visita del Papa es un tema que siempre se ha negado a tratar con la oposición.

—Me alegra que hable de ello. Su Santidad estuvo encantado de visitarnos. Y nosotros de que lo hiciera. Sí, sí, sí. Esa visita suya ha supuesto un logro sin precedentes para esta tierra.

—¿Qué quiere decir?

—Ya le digo. No se lo va a creer. Gracias a Su Santidad, hemos elevado la fertilidad de la hembra valenciana a límites de posguerra. Ahora mismo es la hembra más fértil del planeta. 

—Veo que no quiere decirme cuánto costó la visita.

—Una mujer de Catarroja ha tenido sixtillizos, fíjese. Hemos solucionado el problema de la baja natalidad. Y sin cheque-bebé. Este Papa es un milagro.

—¿Qué sabe usted de Rajoy? ¿Aún no le ha retirado su apoyo? ¿Y el partido?

—El Papamilagros le llamamos. Los amiguitos pensamos que debería nombrarse santo de inmediato. Y sin pasar por beato. Se lo merece. No como el otro, que era un rojo; un rojo y un ateo. 

—Hablando de amiguitos, ¿qué hay del Bigotes? ¿Qué se dicen?

—No conozco a nadie que se llame así.

—¿Qué le dice Alejandro Agag?

—¿Quién? No me dice nada. Ese es el yerno de Josemari, ¿no?

—En efecto. ¿Es cierto que Gürtel conectaba con usted a través de Agag?

—Por supuesto que no. Ya le digo, no nos hablamos.

—¿Hará este año la declaración complementaria?

—Cómo puede ser tan tarde. Estos relojes no sirven para llegar a tiempo. 

—¿A cuánto asciende su patrimonio?

—Carísimos, tan cucos… Se queda uno embelesado mirándolos. Tan de marca, tan perfectos, tan requetechulos, tan, tan, tan…

—Honorable, ¿cuántos años cree que le caerán?

—Uy, llego tarde, llego tarde…, el sombrerero se va a enfadar. Entre el sastre y el sombrerero, me tienen frito. Venga, muchacho, váyase antes de que llame a seguridad.

—Una última pregunta, ¿piensa cambiar de coche?

—¿Cambiar de coche?

—Declaró que su coche tenía quince años.

—Tengo que probarme unos zapatos. Llego tarde al zapatero.

—¿Cuándo piensa dimitir? 

—Joven, ya no me cae usted bien. ¡Seguridad!

—¿Le gustan los chalecos?

—Llévense a este muchacho, háganme el favor.

—Tengo algo para usted, Honorable.

—Déjenlo, chicos. ¿Qué es?

—Un corte de mangas.

—Haciendo esas cosas no entrevistará a nadie.

—Para el chaleco.

—Mis conciudadanos me reclaman…, necesito una señera. 

—No ha respondido a mis preguntas.

—En seda. Una señera…, para el bolsillo de la americana.


20100524

Justificación y corte de palabra

Veo con horror infinito, con desesperación profunda e inconsolable tristeza, cómo de manera obsesiva prolifera en páginas personales, blogs y sitios web, la manía abominable nunca bastante denostada de presentar el texto, siempre y en toda ocasión, justificado y —esto es lo grave— sin aplicar el conveniente y necesario corte de palabras.

En principio, la opción "Justificar", que suele ofrecer cualquier procesador de texto, incluso los de la "nube", es sólo y precisamente, una opción. Nadie os obliga, malandrines, a utilizarla. 

La justificación es adecuada para libros y periódicos —por el ahorro de papel que puede suponer— y para textos legales donde ha de evitarse la posibilidad de añadidos a posteriori. 

El ahorro y el control que podría aportar la justificación sólo se obtienen si se combina con el corte de palabras. De otro modo, a la hora de imprimir, se derrocha papel, se facilita la posibilidad de añadir de modo fraudulento texto no presente en la versión original y, sobre todo, se ofende la sensibilidad estética del amable lector. 

La página, justificada sin ese corte de palabras, presenta un aspecto absurdo, plagado de espacios de longura irregular que oprimen el ánimo y atentan contra el buen gusto hasta el punto de distraer la atención y entorpecer la lectura. 

Como la estética es la expresión, la encarnación de un cierto ethos —de un modo de ser y conducirse—, puede incluso hacer creer al lector que se carece del adecuado sentido de la proporción, del necesario ingenio, probidad y hasta de la imprescindible capacidad crítica que todo autor debe poseer sin excusa.

No me cansaré de repetirlo. La justificación de texto sin corte palabra es, sin duda, el más terrible de los pecados mortales; daña de manera irreversible la pureza del alma y condena sin remedio al tormento eterno. Estáis avisados.

Baste, como prueba de que es práctica pecaminosa, considerar el uso común que de ella hacen abogados, notarios, registradores de toda índole, políticos, jueces, policías y otros funcionarios del estado; en fin gentes relacionadas con la ley y sus difusos aledaños. Lamentable además que su mal ejemplo haya cundido entre el pueblo llano, no sólo en lo que atañe a la perversión de la forma tangible sino que se haya propagado como chancro venéreo ese estilo leguleyo-literario mechado de gerundios que tanto parodian y celebran algunos cómicos del stand-up.

El feo vicio de la justificación sin corte de palabra es pecado mortalísimo —no me cansaré de repetirlo— y sin embargo aparece por doquier salvo allí donde debiera; por ejemplo, la echo muy a faltar en las cuentas de gastos que el estado liquida, en los presupuestos autonómicos y en las demandas de explicaciones al señor Camps por parte de la oposición. Lo que sí hay en los hemiciclos es mucho corte de palabra y ninguna justificación.

Pregúntenle, pregúntenle a Camps por esos trajes, pregúntenle por esas cuchipandas deportivas y papales. Dirá de todo, hará de todo, amiguitos del alma, salvo justificar con detalle y propiedad los contratos escabrosos que la Generalitat suscribió y suscribe bajo su mandato. 

Esperamos que se vaya pronto a casa este president Camps, y ya mismo le enviamos, se justifique o no se justifique, un buen corte… de mangas. Para que se haga un chaleco.