—Gracias por recibirme, Honorable.
—Es un placer atenderle, joven. ¿Quién ha dicho que le recomienda?
—Hablé con usted ayer por la mañana. Vengo a entrevistarle.
—¿No será usted periodista?
—Pues sí…
—Yo esperaba a Jiménez Losantos. Usted no cojea.
—Siento mucho contrariarle.
—Le disculpo. Dése prisa, que me espera el sastre.
—¿Se siente acosado por la oposición?
—En absoluto. No estoy nervioso. Estoy tranquilo. Divinamente. Estupendo. Nunca he estado mejor. Mire cómo hiperventilo. ¿Ve? Nada, tranquilo, frío, inconmovible.
—Estuvo usted mucho tiempo desaparecido…, de viaje alrededor del mundo.
—Viajar es maravilloso. Me emociona, me apasiona.
—¿Es verdad que ha tratado usted con la red corrupta Gürtel?
—Le seré franco…, franco, franco, arri…, quiero decir sincero. ¿Acaso cree que me vendería por un par de trajes? Eso no se tiene en pie.
—La opinión pública parece estar del lado de la acusación.
—Esta tela es magnífica. Toque, toque. Alpaca bengalí, una maravilla.
—¿Qué le parece que el juez Pedreira remita la causa a Valencia?
—Y muy fresquita. ¿Conoce nuestra maravillosa Comunidad Valenciana?
—Un poco, pero contésteme, qué le parece que Pedreira…
—Valencia es asombrosa. Como Valencia no hay nada. Es la mejor tierra del mundo. Y sus fiestas, ¿las conoce? Arquetípicas.
—¿A cuánto asciende el endeudamiento de la Comunidad?
—Hemos traído las más prestigiosas competiciones mundiales a las puertas mismas de Valencia. Un lujo…, qué un lujo, un lujazo. Y no se olvide del Papa. Los valencianos le quieren tanto. Los valencianos están muy contentos.
—A eso iba. ¿Quién organizó la visita del Papa?
—El Papa bendijo la ciudad. Y le insistimos en que hiciera lo mismo con la Comunidad entera pero dijo que no tenía cobertura, que más allá del Peñón d'Ifach no iba a llegarle el urbi et orbe. Por eso estamos planeando otra visita. Esta vez en plan tournée. Recorrería todos los pueblos cabeza de partido de la Comunidad Valenciana…
—¿Cuánto costó la visita papal?
—Y qué me dice del lugar relevante que hemos conseguido para la Comunidad en el mundo. Y sin meternos en una guerra injusta.
—La visita del Papa es un tema que siempre se ha negado a tratar con la oposición.
—Me alegra que hable de ello. Su Santidad estuvo encantado de visitarnos. Y nosotros de que lo hiciera. Sí, sí, sí. Esa visita suya ha supuesto un logro sin precedentes para esta tierra.
—¿Qué quiere decir?
—Ya le digo. No se lo va a creer. Gracias a Su Santidad, hemos elevado la fertilidad de la hembra valenciana a límites de posguerra. Ahora mismo es la hembra más fértil del planeta.
—Veo que no quiere decirme cuánto costó la visita.
—Una mujer de Catarroja ha tenido sixtillizos, fíjese. Hemos solucionado el problema de la baja natalidad. Y sin cheque-bebé. Este Papa es un milagro.
—¿Qué sabe usted de Rajoy? ¿Aún no le ha retirado su apoyo? ¿Y el partido?
—El Papamilagros le llamamos. Los amiguitos pensamos que debería nombrarse santo de inmediato. Y sin pasar por beato. Se lo merece. No como el otro, que era un rojo; un rojo y un ateo.
—Hablando de amiguitos, ¿qué hay del Bigotes? ¿Qué se dicen?
—No conozco a nadie que se llame así.
—¿Qué le dice Alejandro Agag?
—¿Quién? No me dice nada. Ese es el yerno de Josemari, ¿no?
—En efecto. ¿Es cierto que Gürtel conectaba con usted a través de Agag?
—Por supuesto que no. Ya le digo, no nos hablamos.
—¿Hará este año la declaración complementaria?
—Cómo puede ser tan tarde. Estos relojes no sirven para llegar a tiempo.
—¿A cuánto asciende su patrimonio?
—Carísimos, tan cucos… Se queda uno embelesado mirándolos. Tan de marca, tan perfectos, tan requetechulos, tan, tan, tan…
—Honorable, ¿cuántos años cree que le caerán?
—Uy, llego tarde, llego tarde…, el sombrerero se va a enfadar. Entre el sastre y el sombrerero, me tienen frito. Venga, muchacho, váyase antes de que llame a seguridad.
—Una última pregunta, ¿piensa cambiar de coche?
—¿Cambiar de coche?
—Declaró que su coche tenía quince años.
—Tengo que probarme unos zapatos. Llego tarde al zapatero.
—¿Cuándo piensa dimitir?
—Joven, ya no me cae usted bien. ¡Seguridad!
—¿Le gustan los chalecos?
—Llévense a este muchacho, háganme el favor.
—Tengo algo para usted, Honorable.
—Déjenlo, chicos. ¿Qué es?
—Un corte de mangas.
—Haciendo esas cosas no entrevistará a nadie.
—Para el chaleco.
—Mis conciudadanos me reclaman…, necesito una señera.
—No ha respondido a mis preguntas.
—En seda. Una señera…, para el bolsillo de la americana.