Este país anda con el miedo metido en los huesos ya va para setenta y tantos, casi ochenta años de acohone. Algunos más, si miramos lejos en la historia de este Reino de las patrañas; pero ciñámonos al siglo pasado y a éste, por no alargarnos hasta el llanto y el crujir de dientes.
Ilusos como usted nos atrevimos a imaginar que la muerte del dictador ofrecía alguna posibilidad de superar la pesadilla. Habíamos vagado cuarenta años en el desierto y soñábamos librarnos de faraones y extorsionadores.
Los siguientes treinta años no han sido lo que habríamos querido sino la segunda fase de la demolición de España, producida y ejecutada precisamente por la misma casta que promovió la primera fase, esa gente que presume de españoleidad en exclusiva, la casta de los traidores sin entrañas que —vestidos de consejero delegado, de militar, de cura o de beata— han liquidado y descontado en sus balances hasta las lágrimas de nuestros nietos.
Hoy, definitivamente decepcionados de aquel sueño, vemos cómo los faraones se han transformado en «mercados». Sabemos que aún sufrirán otras metamorfosis pero al fin mostrarán su rostro verdadero y sabremos sus nombres y apellidos y a qué dedican el tiempo libre.
La caverna ha escapado de las urnas y va a ser difícil devolverla adentro, como a los genios malos. Como esta ralea se huela que no vuelve a ganar más elecciones, saca los tanques a la calle.
Los españoles, en treinta años, no han votado jamás la opción que solucionaría sus problemas, los de la inmensa mayoría.
El capital ha gastado millones de dólares durante décadas, invertido horas y mentiras innumerables para que el pueblo reaccione ante el término «comunismo» como al recibir una descarga eléctrica; además, se manda reformar el sistema educativo las veces que haga falta hasta dejarlo inservible, se abre la puerta a televisiones y multimedias estupefacientes, periódicos mentirosos y periodistas vendidos, se intoxica, se engaña y se miente sin límite ni freno, se promete lo que haga falta con tal de que el pueblo vote cualquiera de las falsas opciones, cualquier cosa menos lo que habría de favorecer sus intereses.
Nos han engatusado bien los últimos treinta años con la baraja trucada del electoralismo burgués, comprado traidores en nuestra casa y criado cuervos para expropiar sin contrapartidas —privatizar lo llaman— las empresas y haberes del Estado, ingresos cuya disposición evitaría acudir a emisiones de deuda y protegería contra el furibundo ataque de los «mercados», a más de incrementar la capacidad adquisitiva de la población y devenir así estímulo a la economía, etcétera. Dejarnos arrebatar como pueblo soberano tales prerrogativas en favor del interés egoísta de unos pocos, es suicidia.
Cuando un españolito se ve en la tesitura de votar, le ronda por la cabeza la hipótesis de que si ganase un partido de izquierdas de verdad —el Partido Comunista, por ejemplo— los hijos del comandantillo se enfadarían mucho y montarían otra guerra civil. Seamos responsables —se dicen— y no les demos ocasión.
Así, en estos treinta años, la mayoría de quienes se consideraban de izquierdas terminaron por votar mayormente a los pelanas del PSOE. Para eso fue recreado ese partido —en origen fundado por el dignísimo Pablo Iglesias que, si viera hoy lo que se ve, dinamitaría sin dudarlo el Congreso, la sede del PSOE y a todos sus dirigentes y ensillonados.
A este paso, sin otra guerra civil ni nada, estas gentes del PP nos retrotraen a los tétricos desvaríos del comandantillo y liquidan los magros derechos conseguidos para instaurar un sistema genocida, antítesis de «Libertad, igualdad, fraternidad».