20110611

Cerrado por derribo o Nunca más habrá trabajo

Si alguien cree que alguna vez habrá trabajo, que se multiplicarán las noticias de amigos que ponen casa y tienen una buena vida —estable, con educación, sanidad y decencia—, se equivoca; ni hay trabajo ni lo habrá. La idea de un mundo con posibilidades para todos ya se acabó —aun como desideratum— antes de hacerse viable.
        A la dureza de las circunstancias habremos de sumar la rabia a la decepción y éstas a la tortura en vida y al autodesprecio —Sísifo desempleado, a la busca eterna de jornales inexistentes.
        Por mucho que se empeñen los emisarios bifrontes de la partitocracia, esos cinco millones de parados han llegado para quedarse y, no lo duden, nos van a acompañar en adelante con clara tendencia al alza. A los poderosos, en adelante, les sobramos la gente salvo para ser exterminada.
        Inventarán los taimados estadistas según las órdenes de su amo, nuevas y torcidas estadísticas que descuenten buena parte de lo que debería contarse; alambicarán su discurso para destilar esencias que no resulte fácil identificar ni retener, entregarán del todo la gestión a lo privado y nos dejarán exhaustos por el camino.
        Se acortará la vida de la mayoría, como ya ocurre pero más; se agriarán los pocos placeres accesibles a los muchos, se alejarán las humanidades; mentira y violencia acrecidas nos morderán las nalgas y el buche mientras los ricos nos muerden la cara; garrapatas voraces, nos dejarán sin sueños ni sangre.
        Hay que comprender que ya no hay, que no habrá, nunca más, trabajo; cómo pues vamos a encontrarlo. Oh, sí. Estudiaremos, ampliaremos nuestra borreguez, profundizaremos en nuestra mansedumbre y nos dejaremos ordeñar como siempre.
        Nunca pretendieron cumplir sus promesas.
        Lo que hay se verá disminuido; lo poco, nos será arrebatado. Creer que facilitar el despido ayuda a conservarlo, es suicida. Creer que la flexibilidad contractual promueve el trabajo fijo, es suicida. Creer las mentiras de políticos, banqueros y empresarios, es suicida.
        No actuar, no rebelarnos, permanecer quietos y pasivos, supone nuestra sentencia de muerte, firmada y consentida.
        Esperen a que hayan debilitado lo suficiente a los muchos, a este magnífico animal que tanto temen, esperen a que puedan ordenar su sacrificio sin preocuparse de lo que opine el bello monstruo, este pueblo condenado.
        Recordad mis palabras cuando de vuelta seamos esclavos a la manera del imperio antiguo. Entonces será más arduo y sangriento arrancarse el yugo.
        Mi vocecita resonará en vuestras cabezas.
        Ya os lo dije, ya os lo dije.
        Y trataréis de no mirar cómo vuestros hijos se deshacen en el barro antes siquiera de haber llegado a la etapa de proyecto; la posibilidad de su existencia estará cerrada y muerta y pretender traerlos a esta tierra será crueldad o locura.

Léase Renta básica: derecho fundamental