El señor ex presidente de España, José María Aznar —Ansar, para el amigo americano—, gastó 2'3 millones de eurazos del e(u)rario público —383 millones de las antiguas pesetas— en gestionarse o que le gestionaran o gestionasen —tanto monta, monta tanto— la concesión de una medalla del congreso de los EEUU. Para más información, léanlo en El País de hoy mismo.
El señor Aznar, por muchísimo menos, podría haber conseguido un muestrario completo de medallas de santos, incluso milagreras, que sí ayudarían a mejorar relaciones, al menos con la Santa Sede.
Dice mi hermana que Aznar es muy coqueto; me cuenta que siempre que le ve, anda colocándose la mecha y que ahora que le ha dado por la gimnasia se le nota más la vena metrosexual. Le digo que será más bien vanidad antes que coquetería. Cuestión de matices.
Siempre he creído que los méritos terminan por ser reconocidos y que no hace falta que uno abogue por lograr lo que por derecho le corresponde. Ingenuo de mí, ay, infelice. Aznar, en cambio, él sí sabe cómo es el mundo, él sí posee un acendrado conocimiento de sí y de los otros, él sí que sí.
Que devuelva los millones de inmediato; con intereses. Que se le investigue hasta el último bolsillo por si ha metido mano en el cazo en otras ocasiones. Caiga sobre él la Justicia —que no la Ley, eso en este país ya no lo espero visto lo que se hace con Garzón— con el rigor que ha de sufrir quien no puede negar conocimiento ni intención.
Voy, por mi parte, a tratar de conseguir ayuda financiera para intentar que me concedan la medalla del Nobel de literatura; me han dicho que es muy vistosa de llevar en la pechera. Lo haré con dineros particulares y con el mío propio, que no se diga que le meto mano al cazo.