20100329

Las mil y una noches

He vuelto a ver, después de muchos años, Las mil y una noches de Pier Paolo Pasolini (Il fiore delle mille e une notte, 1974). Recuerdo que traté en alguna ocasión de volver a verla y la dejé a medias. Exige cierto estado de espíritu; sin duda, el tiempo perfila rostros y corazones.

Conmueve la puesta en escena de esa ingenuidad esencial que había en Pier Paolo y que muestra a través de la ternura inocente de sus actores accidentales; su peculiar enfoque de lo sexual —que revela, más que sus preferencias, sus aspiraciones de equilibrio, de ecuanimidad— nos lo entrega sin pudores absurdos, sin culpa ni vergüenza judeocristianas. A través de los versos declamados, pinceladas de un atavismo oral, prehistórico en su articulación casi pueril, convoca la nostalgia y el recuerdo de un tiempo amado y gozoso y ya perdido.

La figura de Rimbaud —que bajo el sol de Yemen anhela el resguardo y la frescura del adobe—, las criptas y acertijos —reminiscencias sufíes—, los cuentos de W. Irving —necesariamente leídos durante la infancia—, el amor de una mujer traicionada. Imágenes tales evoca en mí esta cinta.