Tal como afirma César Pérez en su blog Diseccionando a El País, en concreto en su entrada titulada 23F, 11S, 11M… ¿15M? ¿Indignados o comprometidos?, al movimiento 15 de Mayo le ha sido aplicada por los medios la plantilla de propaganda —explicitada en su momento por el señor Goebbles, famoso nazi ministro de Hitler— con ánimo e intención de menoscabar al movimiento 15 de Mayo ante la opinión pública, intención más allá de toda duda como se ha visto en noticiarios, prensa, declaraciones y opiniones de políticos desde que el pueblo comenzara sus acciones cívicas en pro de una verdadera democracia.
Sin embargo, la conjunción feliz de ciertas circunstancias y la voluntad de tantos ha venido a frustar las intenciones de los medios y sus amos. Se ha querido aplicar, afirma César —y comparto la idea— la etiqueta «Indignados» en un esquema derogatorio y peyorativo. No han contado sin embargo con un matiz obvio implícito en el término.
Mal que les pese a los señores del poder, el pueblo entiende la lengua a su peculiar modo y manera —tal como apuntaría el carísimo Agustín García Calvo— y en este caso, distinto a la definición tan pobre que la RAE le adjudica a la indignación.
Sencillamente, sólo puede indignarse quien tiene dignidad. Y, teniendo derecho a esa indignación, no puede ser considerada como falta ni desdoro. Muy al contrario.
Porque si el indignado siente ira, no es una cualquiera ira sino la justa, la justísima ira de quien debe ser resarcido de las afrentas y daños, es decir la de aquel contra quien se ha cometido injusticia.
Y es éste el matiz que no refleja el diccionario de la RAE, metido sin duda desde su fundación —como los mass media y los señores políticos profesionales y los financieros y sus instituciones y fondos— en la conspiración contra el pueblo, como a todo órgano creado desde arriba corresponde.
Aquí entramos a tratar los matices de la «dignidad», que es también una palabra que para el pueblo tiene un sentido y otro para los de arriba. La dignidad del pueblo es la del amor propio, la de saberse merecedor de la vida por el simple hecho de estar vivo y ser quien se es, íntegro y sin dobleces. Para los de arriba la dignidad es una prebenda, algo que otro de más arriba concede con el único fin de anudar las cadenas de la conspiración contra los de abajo.
Por definición, los políticos de esta partitocracia no pueden indignarse. Ni sus paniaguados.