20101212

En apoyo de las palabras

Nada de quitar acentos. Habría que poner algunos más. Es decir, que vuelva a acentuarse la monosílaba, que es palabra tan digna como cualquiera y tan útil pero más sucinta.
        La relación esfuerzo-resultado que ofrece la palabra monosílaba es, sin duda, la mejor del diccionario.
        Qué poco cuesta decir «no» y cuántas ventajas ofrece.

        Pues bien, se quiere privar a la monosílaba de su derecho a la coquetería. Qué hay de malo en que se ponga tilde para salir un día de fiesta. O para quedar con, digamos, un signo de admiración; o con dos puntos —y hasta con tres aunque sean suspensivos.
        La palabra monosilábica merece el mismo respeto y trato.

        Por la acentuación de las monosílabas, todos juntos contra las fuerzas oscuras que pretenden simplificar, minimizar, deslavazar, desbravar, agobiar y criticar nuestra absurda tradición acentuadora, esa tradición que los jóvenes parecen incapaces de asimilar, extraviados en a saber qué circuito electrónico.
        Nuestros jóvenes —¿los de quién?— utilizan sus neuronas para acaparar másteres —¿mastereses?; en castellano, maestrías—, doctorados y otras chifladuras. Es comprensible que no lleguen a dominar el arduo, laberíntico, estupefaciente arte de la acentuación en todas sus facetas, oral, musical y escrita…, pobrecillos, con lo que tienen que estudiar.

        Ah, la escuela —en cualquiera de sus gradaciones—, qué cosa bella, productora de hombres diminutos y hembras complacientes, fábrica de tuercas y tornillos al pedido y gusto y medida de este nuestro nunca suficientemente alabado sistema capitalista, versión Kingdom States of d'España.