«India es un país fabuloso, pero la élite es repulsiva y nunca ha estado a la altura de las aspiraciones democráticas del pueblo».
—Javier Moro, escritor; en una entrevista de Peio H. Riaño,
diario Público, 20100603, Madrid.
Al leer la opinión que merece a Javier Moro esa élite hindú, he pensado lo mismo que usted: «Igualito que en España». Después, llevado por un positivo impulso generalizador, he ampliado el alcance. «Lo mismito que en todas partes». Sí, la élite es repulsiva. En todas partes. En unas más que en otras; repulsiva, siempre.
Mientras escribo, en Sitges hay un grupo de iluminados, una panda de elegidos que podrían hacer que este mundo fuese mejor para todos. Qué hacen sin embargo. Ni idea. Allá ellos con sus locas pretensiones.
Los imagino preocupados por defender la cultura occidental, los valores raciales o como se les dé por describir al conjunto de genes que sin duda define a quienes son considerados como pertenecientes a ese grupo de piel más o menos blanca que ha dominado el mundo —nuestro mundo— durante los últimos tres mil años; bueno, ahí están ellos, los poderosos, alucinados y absortos en sus responsabilidades históricas, sus obligaciones para con la propia cultura y el futuro de los occidentales y demás cháchara soberbia, la propia de gentes que consideran en su fuero interno que, bendecidos por los dioses desde el día de su nacimiento, son por ello mejores que el resto.
Basta repasar la historia de esta pobre y doliente humanidad para encontrarnos de bruces con una panda de monos alfa empeñados en lo suyo, en dominar a la manada, obsesionados con hacer que abreve allá donde convenga y del modo en que interese a los caprichos y objetivos de los alfa. Estos objetivos son los de todo simio:
Fornicar con el mayor número posible de hembras, andar más protegido y caliente que el resto, disfrutar de más y mejores bananas, ampliar el territorio y gozar de más larga vida para sí y sus descendientes y, en especial, que los otros se preocupen mucho de tenerle bien despiojado y saciado de lametones y besitos el trasero y los genitales; y todo esto, a cuenta de las propias obras o por el mérito de las de otros. Lo importante, sobre todas las cosas, es prevalecer y que le quieran a uno del modo en que apetezca en cada momento ser querido. Que prevalecer sin goce no es prevalecer sino aburrirse en la cúspide de la pirámide.
Lo malo de las manadas es que tienden a ser consideradas por el macho dominante y sus adláteres, como un conjunto amenazador de frustrados machos alfa que deben ser fieramente controlados o se corre el riesgo de perder estatus y los tan placenteros privilegios. Es pues necesario mantener al grupo en un estado de carencia dependiente, es necesario sumirlo en la miseria —material y moral— para conseguir mostrarse de vez en cuando como salvador y mesías. Y para ello ha de convertirse uno en torturador y verdugo. De qué otro modo podría un simio controlar a sus congéneres sino con miedo y recompensa dosificadas a través de una jerarquía descendente. La mayor parte del trabajo nos lo da hecho la naturaleza. Ella nos entregó el esquema y la infraestructura. Nosotros, a través del alambique cultural, hemos destilado el elemento planificador y tecnocrático que imprime al mundo el carácter de escenario sistémico de la tortura y redención cíclica, eternamente recurrente y colectiva. Ahí se ve la indefinible frontera entre lo artificioso y lo natural y su indubitable identidad.
Oh, poderosos de la tierra, quedáis avisados; los dioses se divierten con vosotros, prueban vuestra insania y contemplan a cuánto os atrevéis con tal de ser como ellos. En el último instante, cuando parezca que vuestro destino se acerca, que por fin alcanzáis la cima que vuestros sueños más ardientes apuntaban, seréis desde allí arrojados al abismo y la serpiente antigua devorará vuestros corazones y consumirá vuestras almas para que no quede de vuestro espíritu ni una décima que manche la tierra de la hediondez con que os habéis alimentado cada uno de los días de vuestra vida.
Oh, poderosos, vuestros descendientes sufrirán las consecuencias si no las sufrís vosotros mismos. Más os convendría asegurar un mundo justo antes que barrer sólo para casa. Quizás de ese modo la prole que hayáis alumbrado o la que alumbraseis, tendría una oportunidad. Porque sabed, entre los dolientes, entre los desgraciados de este mundo, hay sin duda descendientes de reyes, de potentados, de señores de la tierra, los hijos de los grandes egoístas que hoy, por las vueltas de fortuna, se arrastran en las charcas de la miseria. Y sucederá de nuevo hasta que aprendáis, hasta que vosotros, oh, poderosos, descubráis el toque de oro, la luz que cura y limpia, la compasión que instruye y mueve a consolidar la justicia como base única y piedra cardinal de esta obra de canteros simples —canteros que son cantos, ellos mismos ladrillo y argamasa— que es la ciudad humana, la heredad de la humanidad, la misma humanidad. Pues lo único que heredan los hijos de los hombres es la bondad y conocimiento que al mundo hayan impreso las generaciones anteriores. Perecedero y accesorio lo demás, y hasta inútil y dañino. Lo que heredan los hijos de los hombres al nacer es la compañía de sus congéneres. Qué tendrán los vuestros —los nuestros— si alimentáis el odio y la diferencia, si alimentáis la desigualdad y la esclavitud. Alimañas entre alimañas serán.
Y dicho esto al estilo profético admonitorio, formulo mi deseo:
Ojalá se le abran los ojos no sólo a los poderosos sino también —y sobre todo, pues de aquéllos nada espero— a nosotros, a la manada; que veamos a las claras la fatalidad de apostar por un sistema que tarde o temprano ha de convertir —por un vuelco de fortuna, una enfermedad, una crisis— a nuestros descendientes en esclavos.
A los que defendéis la ley de la selva, ya sabéis lo que os deseo; que la sufráis en vuestras carnes y en las carnes de vuestra descendencia hasta la séptima generación. Bueno, en realidad no, no os deseo tanta tragedia. Mejor, simplemente, que se os pase la tontería y os entre el entendimiento.