El especulador dice que sus actos son la expresión de su libertad en busca de un beneficio lícito; si por ello hay países que se vienen abajo, será porque algo anda mal en esos países, añade.
El especulador de quien hablo mueve miles de millones de euros de una tacada y sus apuestas en la ruleta de este casino global inspiran a otros como él a jugar los mismos números. El montante de esas jugadas, por sí mismo, atrae la bola hacia sus números. Así funciona. Ni el valor ni el potencial de un país o empresa cuentan ya lo más mínimo. Sólo cuenta la apuesta.
El especulador tiene razón; algo huele a podrido en los países. En cada uno de ellos hay una camarilla de ignorantes y/o vendidos incapaces de implantar unas leyes adecuadas que diluyan los efectos de la voracidad de esta banda de caníbales, leyes y mecanismos capaces de romper hasta el último de esos dientes miserables.
Hay que regular con garra de acero los mercados financieros y después refundarlos en base a un modelo que tenga la seguridad de los pueblos y el bienestar humano —el bienestar de la inmensa mayoría— como único objetivo.