20100512

Gente que yo quería

Resulta estremecedor descubrir cómo gente que te ha parecido estupenda y magnífica por su palabra y obra, gente que has admirado o apreciado, de pronto pierde todo valor y sentido. Esa gente que yo admiraba y quería, ahora no significa nada.

Pedro Almodóvar, Fernando Colomo, Fernando Trueba, Victoria Abril, Imanol Arias, Antonio Resines, Gabino Diego, Aitana Sánchez Gijón, Alaska, Antonio Elorza, Rosa Montero, Mario Vargas Llosa, Ana Belén, Víctor Manuel, Albert Boadella, Juan Echanove, Arcadi Espada, Espido Freire, Eduardo Arroyo, Concha García Campoy, Luis Gordillo, José María Guelbenzu, Alberto Corazón, Elvira Lindo, Fernado Marías, Carmen Maura, Juan José Millás, Antonio Muñoz Molina, Luis Mateo Díez, José Ramón Encinar, Alvaro Pombo, Soledad Puértolas, Santiago Ramos, Carme Riera, Fernando Savater, Jorge Semprún, Esther Tusquets, Angela Vallvey, Maribel Verdú… 

Sus obras, sus afirmaciones, sus gestos, de pronto, han perdido sentido. Por ejemplo, la obra de Muñoz Molina, ya no me interesa —tenía una nota en algún lugar de mi cerebro para leer algo suyo— ni la de Llosa o Savater —bueno, es que Savater  nunca me ha interesado—, las columnas de la Montero y la Lindo, hace tiempo que no las leo; Almodóvar hace años que dejó de ser alguien, lo mismo que Alaska y la Belén y su marido… 

Vaya, resulta que esta gente, al final, no es nadie para mí; en realidad, puros espectros que aparecen en esa fantasmagoría de las pantallas o bien una ristra de cagaditas de mosca en un papel de periódico o una fila de hormigas negras que quiero descifrar a través de unas páginas…, pero ya no; ni siquiera. Ni su música me sirve ni su cine ni su palabra.

¿A qué viene entonces nombrarlos?