A pesar del escandaloso hedor de corrupción que recorre las filas del PP —y la corporeidad de los cadáveres políticos que se descubren por doquier entre sus cargos y afiliados—, la intención de voto se mantiene. Aquí no ha pasado nada.
Tal vez los votantes —me digo— esperen la sentencia de los jueces antes de tomarse la revancha. Cuánta prudencia a la vista de tan sólidas pruebas.
Diríase que el Partido Popular ofrece a sus votantes una opción cómoda que libera de la necesidad de realizar grandes —o pequeños— esfuerzos intelectuales y/o ético-morales. De hecho, abomina de tales artificios. Basta el sano deseo de medrar. Sea gracias a los favores que el superior en jerarquía tenga a bien otorgar, sea por la cara bonita o por las sustanciosas comisiones y sobornos, el partido no exige ideologías. La ideología del soborno y el regalito, esa sí. Orgánica, justa y necesaria. Sobre todo, orgánica. Como le gustaba a Paquito.
El proyecto del PP para gobernar siempre ha sido, es y será, una robusta política de estómagos agradecidos. Para qué más.