La estrategia del poder consiste en precarizar la vida del pueblo. Cuanto más precaria su existencia, más aspirantes a policía, soldado, sicario, cura, esclavo… Por el pan, claro, por el pan de los hijos. Qué no haríamos por el pan de los hijos.
Qué no haríamos los poderosos para que nuestros hijos conduzcan un nuevo y lujoso automóvil de una marca de reconocido prestigio —casualmente, la que fabrica un amigo muy querido—, qué no haríamos por darles una valiosa casa en las afueras con su correspondiente mundo de color dorado y rosa y —porqué no— qué no haríamos por nuestro propio placer, confort y seguridad. Puritito egoísmo visceral y rampante, rabiosa y diabólica bestia que nos gusta.
Existe, en cambio, otra clase de gente en este mundo, una clase bien distinta a la nuestra, aquella sobre la que apoyamos nuestros pies y posaderas, esa clase de personas que dejaría morir a sus propios hijos y se sacrifícaría a sí misma con tal de legar un mundo más justo a la humanidad futura. A esto lo llamamos sacrificio, verdadero sacrificio. Tal clase especial de gente está bien loca —de remate, loca, loquita, loca— y es la prueba viviente de que este mundo no les pertenece. Es decir, ellos no pertenecen a este mundo. «No soy de este mundo», les oiréis decir más de una vez. Ya que tantas ganas tienen de morir, nosotros los poderosos nos entregamos en cuerpo y alma a facilitarles el empeño. Sabemos ser amables y, por cierto, nosotros los poderosos sí somos de este mundo y, sabedlo, este mundo es todo nuestro.
A esta clase de la que hablo —dispuesta a morir por la bondad, el bien y la belleza— perteneces tú, oh, pequeño ganapanes a quien hemos otorgado defensas y licencia para matar. Te hemos concedido un cierto poder, sí, para que mejor nos sirvas y sometas el tiempo de tu vida a nuestro provecho.
Se te ocurre a veces, en momentos de lucidez —cuando logras arrancarte al embrutecimiento en el que te mantenemos— buscarte un trabajo en correos o de friegaplatos o bombero y hasta de basurero o de chófer. Pero los trabajos los hemos convertido en recompensa; sois demasiados y demasiado serviles.
Se te ocurre a veces que si tu progenie es como tú, ¿en qué beneficia su existencia al mundo? Querrías entonces ver borrados del libro de la vida los nombres de tus hijos y el de las generaciones que habrían de venir de ti de no haberte rebajado a tan abominable estado.
Preguntas quién pagará tu hipoteca, quién se ocupará de ti y de los tuyos. Así, pues, confiesas que no se te ha ocurrido confíar en la bondad, en la solidaridad del mundo. Déjate llevar entonces por la corriente de amor y desiste. Abandona tu actitud. Has creído controlar tu destino y el de los tuyos cuando, lo que de verdad ocurre, gracias a ti, es que manejan el mundo los poderosos. Y aun te refocilas en ese orgullo de esclavo que pensarlo te produce.
Has convertido en un placer abyecto el sentirte pieza, maquinaria servil, apéndice sumiso a voluntad ajena y gozas al recibir de tu amo las mismas caricias que recibe el perro; algo de comida, unas palmaditas, algún premio, unos cuantos palos de vez en cuando y permiso para fornicar y darle pequeños esclavos, de tu misma carne, modelados a tu imagen y semejanza, pequeñas bestias para que le sirvan y proporcionen placer.
Ni por asomo se te ocurre que pagar hipotecas no sea necesario ni que vivir signifique otra cosa que luchar hasta la extenuación por unos mendrugos ensangrentados.
Si no defendieses a los poderosos, si tú y los que son como tú no estuvieseis del lado de los poderosos, ellos mismos tendrían que hacerse el café y el bocadillo y lavar los platos y zurcir sus propias camisas y plancharlas y limpiar sus casas; ya veríamos entonces que no las querrían tan grandes. Si no les sirvieras, nadie serviría a nadie, nadie sometería a nadie, nadie dominaría a nadie.