No me he tomado la molestia de atender a los ladridos de Rajoy. Ni a los de Zapatero. De qué sirve escuchar lo que tenga que decir quien traiciona y quien no representa.
El voto es, al instante de expresarlo, papel mojado en el estómago de la ley electoral, en los intestinos de la constitución, las comunidades, diputaciones, direcciones generales y de planificación, en la cloaca y desagüe del Reino, esa cabeza bifronte que es el estado monárquico de partidos, Janus montruoso, puertas abiertas todo el año contra los intereses del individuo, empeñado en dejarlo convertido en simple y obediente súbdito.
Cada día que pasa, este Reino de España, esta finca de unos cuantos —aquí no ha pasado nada, donde nada cambia y «la vida sigue igual»— cada día me da, mi vida, más y mayor asquito.
Qué quieres que te diga, camarada. Esta fiebre obscena disfruta además del socorrido privilegio —remedio contra la defenestración social y el ostracismo— de haber adquirido rango de pandemia, estatus que el español respeta y reconoce con fervorosa sumisión; «mal de muchos…». Que no se diga. Los españoles respetamos el número tanto como la cantidad. Y si la derecha está de moda en esta Europa sin sentido, los españoles son los primeros en apuntarse.
Regresa el fantasma. Muy pronto en sus pantallas.
Uuuuuuh. Qué miedo me dais.