20101006

Camps, el Presunto

A Camps lo veo —las manos, los brazos alzados— siempre en actitud indicativa, apuntador de unos horizontes que jamás la cámara ofrece al observador, absorta como está en esa imagen de presunto leader "para todos" que sólo sirve —no podría jamás ser de otro modo— a una derechona valenciana extasiada en aroma de paellas mal cocidas, así se le indigeste. 


Bastaría situarse tras el presunto —¿prohombre, prócer, adalid?—para ofrecernos la visión de la inconmensurable nada, línea de niebla y humo a la que nos lleva desde el primero de los días; sabio sólo en llenarse los bolsillos a costa de no diré quién ni de qué —no vaya a caerme una de esas proverbiales querellas de patio de colegio que saben meter sus abogados—, bastaría digo situarse tras él para saber que no mira a ninguna parte, que sigue apenas las directrices de su asesoría de imagen que, por cierto, debe conocer al dedillo la obra de Paul Joseph Goebbels aun a través de Doob.


Esas manos, esos brazos alzados, espero verlos uno de estos días entre grilletes, en galeras si fuera posible, obligados a estarse quietos de una vez. Basta ya de aspavientos señor Camps, déjese de florituras que sólo mueven aire, de catequesis absurdas y palabras inciertas. 


Camps y su partido deja a los valencianos una inmensa deuda, oculta tras el cambalache de la creatividad contable, y otra aplazada en los préstamos bancarios. Este tipo tan religioso, tan amigo de amiguitos y romerías, tan moral, tan gesticulante, deja a los valencianos entrampados, arruinados y en el brete de tener que salir de un hoyo abierto bajo sus pies por quien debía proporcionar sólidas pistas de despegue económico y caminos seguros para el viandante. Deja podredumbre y vacío, deja deuda, una deuda escandalosa y obscena, y deja también la certeza de que todo esto sólo puede suceder allí donde un sistema electoral injusto resta poder a la izquierda y beneficia a los nacionalismos.