Me desayuno con la lectura periódica de la trágica cotidiana de un supuesto músico atormentado…, padre muerto, madre y hermana muertas. Los muertos son los otros pero el desgraciado es él, un tipo que come todos los días y no tiene problemas de futuro; no al menos, mayores problemas que el común de los mortales —occidentales, vivos. ¿Me atreveré a decir su nombre y el del medio que publica tan absurda crónica? No, no me da la gana atreverme. Tendrían así lo que buscan: repercusión.
La cosa viene a decirnos que el chico sufre mucho, compone mucho y tiene una vida atormentada de cuyo relato pretende sacar —a costa de indocumentados y tontos— sus buenos dineros. El autor del artículo —también ocupado en sacarse unos cuartos— viene a decirnos algo que, por su tono y oportunidad, diríase necesitamos escuchar; en tiempos revueltos, por supuesto, una platitude. A saber, que los ricos también lloran. Pues que lloren. Si puede ser, lágrimas de sangre. Que se jodan.
Lo inadmisible es comprar un periódico —qué estupidez, en estos tiempos ¿verdad?— que pretenda colarnos una promoción publicitaria como noticia, crónica o siquiera artículo de opinión. No es novedad, todos lo hacen, de uno u otro modo.
Quéjome con beligerancia, sí, y con mayor intensidad si tal fuese posible, porque el medio en cuestión pretende profesionalidad y savoir faire y todo eso que los gremios y sus asociados cultivan para distinguirse de lo Otro. Además, el condenado me cuesta buen dinero.