Y el PP, confiado en su soberbia, no supo reaccionar y mintió, creído de obtener así réditos futuros y obviar responsabilidades presentes. Pero los móviles convocaron a las multitudes y éstas lo juzgaron por sus mentiras. Y se cubrió de vergüenza y contrajo la enfermedad que incapacita para ganar elecciones. Y los jueces supieron quién había perpetrado la matanza y no era quien había dicho el PP.
Volvieron entonces los poderosos sus ojos hacia el PSOE y vieron con regocijo que el PSOE era dulce y sumiso a la palabra del dios Mercado y supieron que el PSOE les haría el trabajo pues así habían dispuesto que siguiera siendo tras la muerte de Faraón, un sistema de apariencias donde todo bascula en beneficio de la clase sacerdotal, a mayor gloria del dios.
Y fue por aquel tiempo que llegó desde Occidente una inmensa plaga de langosta de la especie subprime que desató gran hambruna y temor entre los hijos del pueblo. Pero el regocijo de los poderosos fue mucho porque vieron que al fin podrían coronar el golpe maestro de sus negocios.
Y cerraron tiendas y talleres y hubo regulación de empleo y muchos perdieron casa y trabajo y ya no tenían con qué alimentarse y el pueblo vió peligrar su vida y la de sus hijos por muchas generaciones.
Volvió el pueblo sus ojos al PSOE pero el PSOE no le devolvió la mirada. Atento a lo que los poderosos mandaban promulgó su intención de diezmar las rentas y los derechos y encoger los corazones a todo el pueblo, en especial a los más débiles y anunció reformas estructurales para el mercado laboral y hubo lamentos y también crujir de dientes.
Y el dios Mercado sonrió a sus sacerdotes que vieron que todo aquello era bueno —muy bueno— para sus faltriqueras y estupendo para el control de las futuras generaciones.