20100407

Polichinela

Imagino al hombre o a la mujer media, con su mediana medianía, volver a casa al final de una jornada medianamente agotada, la cabeza puesta en hacer las cosas que las últimas películas de Hollywood o las series televisivas, también estadounidenses, le dicen que ha de hacer una mujer o un hombre medio de clase media; si tiene familia, tendrá que actuar los papeles correspondientes; si está solo, hará lo que conviene hacer a los solitarios según las convenciones de tiempo y lugar. 

Nuestro hombre o mujer media es un polichinela que actúa en una obra donde siquiera logra unos aplausos y al final del día, agotada como está, aún se le ha de exigir que ante el Estado, la Realidad, la Conciencia, la Responsabilidad Política y Social, ante lo Etcétera, se preocupe por defender sus derechos laborales, sociales, cívicos y políticos y también los de aquellos que ni siquiera poseen noción de la existencia de tales conceptos y que son quienes más sufren carencia y/o explotación.

Nada ha cambiado desde la vieja Roma. 

De los asuntos políticos sólo pueden ocuparse los ricos, es decir, los verdaderos hombres libres. La libertad de un pobre, en el capitalismo imperial que nos toca vivir, no le sirve al pobre para nada. Todo lo contrario, como en la vieja Roma sucedía a las esclavas liberadas a la muerte de sus amos, para el pobre la libertad es casi una sentencia de muerte. 

El pobre somos cualquiera. Uno mismo o su reencarnación; esto es, los hijos. Apostamos, absurdos, por un mundo que nos dicen permite alcanzar la gloria del talonario, la inmarcesible felicidad del oro a borbotones, la improbable posibilidad de ganar el premio gordo. Sin embargo, en toda carrera hay sólo un vencedor. Y somos ya más de seis mil millones. ¿Habrá medallas para todos? 

Quien aboga por la iniciativa privada, por el liberalismo, por el imperio del mercado rampante, quien abomina del Estado y prefiere las vagas promesas de los consejeros delegados, las mentiras de las privatizaciones y la banalidad televisiva, se condena a sí mismo y a su progenie a la esclavitud presente o futura, a la carestía probable, a la miseria. Basta una racha de mala suerte, un error, un mal encuentro y quedan nuestros hijos condenados a la precariedad, la inanición, el miedo perpétuo, la sumisión a la voluntad de otros con más suerte o falta de escrúpulos.

Sólo el Estado —una sociedad humana de iguales ante la ley— puede garantizar la justicia presente y futura para todos. Cuando los intereses de unos pocos dominan sobre lo colectivo, la infelicidad reina y el desastre anda cerca.