Cerrar un grifo exige girar la manija hacia la derecha; bien es cierto que hay grifos modernos cuyas manijas —manijas peregrinas, manijas de diseño— demandan gestos variados; pero derecha y arriba gozan de cierta identidad semántica para la mente occidental.
Una cerradura impone que giremos la llave hacia la derecha si nuestro objetivo es asegurar la puerta. Para atornillar, hágase el adecuado giro; sí, a la derecha.
La derecha empuña la espada y la derecha la clava; y si hay que retorcer, hágase la graciosa torsión a la derecha —graciosa porque, tras clavar la espada, retorcerla viene a ser tiro de gracia.
El saludo y la despedida, el acuerdo y el contrato, el apretón de manos, con la derecha; para mostrar que no hay en ella arma dispuesta al ataque ni doblez. Sin embargo, mientras proclama la concordia, hay siempre en el apretón de la derecha una amenaza soterrada.
Las bendiciones, también con la derecha. Presupone la derecha que han necesidad de tal obsequio aquellos a quienes lo da. Así es la derecha, mano soberbia que subestima a quien no sea ella.
La derecha, sí, es también la única mano que trabaja. Oh, sí, no ha dejado de hacerlo desde que existe. Trabaja en la autoglorificación, en el aseguramiento de la muy suya supremacía. Sólo ella trabaja. Si algún niño se empeña en hacer los deberes con la izquierda, ahí está la derecha dispuesta a negarle tal postura. Ah, no —le dice—, de izquierda nada. Aquí sólo trabaja la derecha.
La izquierda ha sido relegada, insultada, calumniada, oprimida, reprimida, suprimida… Suprimida no, todavía no. Hasta ahí podríamos llegar. No quedaría bien, no resultaría estético —cosas de la simetría—, tampoco democrático; ni práctico siquiera. ¿Quién haría el trabajo sucio, esas cosas que no merecen el nombre de trabajo? Porque de merecer tal nombre, lo haría la derecha y nadie más. Así, las tareas innombrables quedan para la izquierda.
La izquierda limpia la mierda, la izquierda apila los ladrillos y paga los platos rotos, la izquierda es la que ha de lamer dignidades y restañar heridas…, la izquierda es la esclava y ha de negarse a sí misma y hacerse pasar por otra derecha si quiere que la derecha le dé a hacer esas tareas innombrables. O la amputación.
No importa a quién vote usted; si hace usted esas tareas que no merecen el nombre de trabajo —ni la paga que recibe merece el nombre de salario—, usted es izquierda y no lo sabe, condenado a disfrazarse de derecha para mantener su puesto en la cadena.
Despierte, coño. Déjese de zarandajas y en las próximas elecciones no haga caso a quien le diga que hay que votar en blanco o no votar. Vote a Izquierda Unida y si de verdad quiere darles en la cara a esos mangantes —a bancos y corruptos—, vótele al Partido Comunista.
Haga como yo, métase en política.