«...el Estado español ha escogido ayudar a los bancos a costa de los intereses de la población. Y de esto es de lo que no se habla. Las raíces de la crisis financiera -el excesivo poder de los ricos y de los súper ricos en España y de sus bancos- no se está ni siquiera tocando. Y así estamos».—Vicenç Navarro en La banca no somos todos.
No se trata de salvar a la «bankia» española o de permanecer en el euro; se trata de mantener y ampliar nuestros derechos —sí, los civiles también—, de mantener y ampliar nuestra sanidad y nuestra educación —públicas, gratuitas, de calidad, universales—, de incrementar y mejorar nuestros servicios sociales, de que haya trabajo para todos, se trata de mejorar nuestras vidas. Y esto, con la garantía del Estado.
Para eso debe servirnos el Estado.
¿Qué sentido tiene si no?
Si hay dinero para Bankia —para la banca en general—, hay dinero para todo lo público; para mantenerlo, extenderlo, ampliarlo y mejorarlo: sanidad, educación, justicia, empleo, seguridad y servicios sociales.
Este sencillo razonamiento —y las próximas elecciones griegas— ha hecho que se nos nieguen todas las posibilidades salvo la del rescate.
El objetivo de esta «crisis» consiste en un cambio de sistema; el del Estado del Bienestar por un regreso a la Edad Media.
Hay que negarse a pagar la deuda impropia, negarse a pagar la factura de lo ficticio, rechazar la cuenta que presentan los especuladores y castigar la estafa, el latrocinio y la traición.
Además, si el Banco Central Europeo sigue siendo lo que es —instrumento para aherrojar a gobiernos y Estados de la UE—, más nos valdría salir del euro; una vez pasado el mal trago seremos libres de estar en nuestra casa y hacer de nuestra capa un sayo.
Peor sería quedar al pairo, manejados por la voluntad de este mar de los «mercados», sin más esperanza que un naufragio infinito, generación tras generación, lastrados por la rueda de molino del euro con que nos obligue a comulgar el capital, esclavos de la banca nacional e internacional y los insaciables bankiosos.
Aún hay quien se extraña de que haya pitos al himno y se queme banderas rojigualdas.
20120508
La superación del capitalismo (vi) Unos pocos contra la mayoría
Decir «izquierda» o «derecha» para expresar el carácter de las convicciones políticas —en el caso de una persona de izquierdas— y de los intereses —en el de una de derechas— se remonta al 11 de septiembre de 1789, cuando se votó —en la Asamblea Nacional Constituyente, surgida de la Revolución Francesa— un artículo que pretendía otorgar al rey la capacidad de veto sobre la Asamblea Legislativa, lo que suponía la perpetuación del absolutismo.
Los diputados a favor se agruparon a la derecha de la presidencia de la Asamblea; por su parte, quienes querían la soberanía nacional por encima de cualquier rey y defendían conceder al monarca un veto tan sólo suspensivo y limitado en tiempo y forma, lo hicieron a la izquierda.
«Izquierda» quedó así unida al cambio político y social en favor de la mayoría.
«Derecha» quedó asociada a las opciones interesadas en mantener los privilegios y el poder de unos pocos contra la mayoría.
Los diputados a favor se agruparon a la derecha de la presidencia de la Asamblea; por su parte, quienes querían la soberanía nacional por encima de cualquier rey y defendían conceder al monarca un veto tan sólo suspensivo y limitado en tiempo y forma, lo hicieron a la izquierda.
«Izquierda» quedó así unida al cambio político y social en favor de la mayoría.
«Derecha» quedó asociada a las opciones interesadas en mantener los privilegios y el poder de unos pocos contra la mayoría.
20120422
La superación del capitalismo (v) Esclavitud, injusticia, crueldad
Este país anda con el miedo metido en los huesos ya va para setenta y tantos, casi ochenta años de acohone. Algunos más, si miramos lejos en la historia de este Reino de las patrañas; pero ciñámonos al siglo pasado y a éste, por no alargarnos hasta el llanto y el crujir de dientes.
Ilusos como usted nos atrevimos a imaginar que la muerte del dictador ofrecía alguna posibilidad de superar la pesadilla. Habíamos vagado cuarenta años en el desierto y soñábamos librarnos de faraones y extorsionadores.
Los siguientes treinta años no han sido lo que habríamos querido sino la segunda fase de la demolición de España, producida y ejecutada precisamente por la misma casta que promovió la primera fase, esa gente que presume de españoleidad en exclusiva, la casta de los traidores sin entrañas que —vestidos de consejero delegado, de militar, de cura o de beata— han liquidado y descontado en sus balances hasta las lágrimas de nuestros nietos.
Hoy, definitivamente decepcionados de aquel sueño, vemos cómo los faraones se han transformado en «mercados». Sabemos que aún sufrirán otras metamorfosis pero al fin mostrarán su rostro verdadero y sabremos sus nombres y apellidos y a qué dedican el tiempo libre.
La caverna ha escapado de las urnas y va a ser difícil devolverla adentro, como a los genios malos. Como esta ralea se huela que no vuelve a ganar más elecciones, saca los tanques a la calle.
Los españoles, en treinta años, no han votado jamás la opción que solucionaría sus problemas, los de la inmensa mayoría.
El capital ha gastado millones de dólares durante décadas, invertido horas y mentiras innumerables para que el pueblo reaccione ante el término «comunismo» como al recibir una descarga eléctrica; además, se manda reformar el sistema educativo las veces que haga falta hasta dejarlo inservible, se abre la puerta a televisiones y multimedias estupefacientes, periódicos mentirosos y periodistas vendidos, se intoxica, se engaña y se miente sin límite ni freno, se promete lo que haga falta con tal de que el pueblo vote cualquiera de las falsas opciones, cualquier cosa menos lo que habría de favorecer sus intereses.
Nos han engatusado bien los últimos treinta años con la baraja trucada del electoralismo burgués, comprado traidores en nuestra casa y criado cuervos para expropiar sin contrapartidas —privatizar lo llaman— las empresas y haberes del Estado, ingresos cuya disposición evitaría acudir a emisiones de deuda y protegería contra el furibundo ataque de los «mercados», a más de incrementar la capacidad adquisitiva de la población y devenir así estímulo a la economía, etcétera. Dejarnos arrebatar como pueblo soberano tales prerrogativas en favor del interés egoísta de unos pocos, es suicidia.
Cuando un españolito se ve en la tesitura de votar, le ronda por la cabeza la hipótesis de que si ganase un partido de izquierdas de verdad —el Partido Comunista, por ejemplo— los hijos del comandantillo se enfadarían mucho y montarían otra guerra civil. Seamos responsables —se dicen— y no les demos ocasión.
Así, en estos treinta años, la mayoría de quienes se consideraban de izquierdas terminaron por votar mayormente a los pelanas del PSOE. Para eso fue recreado ese partido —en origen fundado por el dignísimo Pablo Iglesias que, si viera hoy lo que se ve, dinamitaría sin dudarlo el Congreso, la sede del PSOE y a todos sus dirigentes y ensillonados.
A este paso, sin otra guerra civil ni nada, estas gentes del PP nos retrotraen a los tétricos desvaríos del comandantillo y liquidan los magros derechos conseguidos para instaurar un sistema genocida, antítesis de «Libertad, igualdad, fraternidad».
Ilusos como usted nos atrevimos a imaginar que la muerte del dictador ofrecía alguna posibilidad de superar la pesadilla. Habíamos vagado cuarenta años en el desierto y soñábamos librarnos de faraones y extorsionadores.
Los siguientes treinta años no han sido lo que habríamos querido sino la segunda fase de la demolición de España, producida y ejecutada precisamente por la misma casta que promovió la primera fase, esa gente que presume de españoleidad en exclusiva, la casta de los traidores sin entrañas que —vestidos de consejero delegado, de militar, de cura o de beata— han liquidado y descontado en sus balances hasta las lágrimas de nuestros nietos.
Hoy, definitivamente decepcionados de aquel sueño, vemos cómo los faraones se han transformado en «mercados». Sabemos que aún sufrirán otras metamorfosis pero al fin mostrarán su rostro verdadero y sabremos sus nombres y apellidos y a qué dedican el tiempo libre.
La caverna ha escapado de las urnas y va a ser difícil devolverla adentro, como a los genios malos. Como esta ralea se huela que no vuelve a ganar más elecciones, saca los tanques a la calle.
Los españoles, en treinta años, no han votado jamás la opción que solucionaría sus problemas, los de la inmensa mayoría.
El capital ha gastado millones de dólares durante décadas, invertido horas y mentiras innumerables para que el pueblo reaccione ante el término «comunismo» como al recibir una descarga eléctrica; además, se manda reformar el sistema educativo las veces que haga falta hasta dejarlo inservible, se abre la puerta a televisiones y multimedias estupefacientes, periódicos mentirosos y periodistas vendidos, se intoxica, se engaña y se miente sin límite ni freno, se promete lo que haga falta con tal de que el pueblo vote cualquiera de las falsas opciones, cualquier cosa menos lo que habría de favorecer sus intereses.
Nos han engatusado bien los últimos treinta años con la baraja trucada del electoralismo burgués, comprado traidores en nuestra casa y criado cuervos para expropiar sin contrapartidas —privatizar lo llaman— las empresas y haberes del Estado, ingresos cuya disposición evitaría acudir a emisiones de deuda y protegería contra el furibundo ataque de los «mercados», a más de incrementar la capacidad adquisitiva de la población y devenir así estímulo a la economía, etcétera. Dejarnos arrebatar como pueblo soberano tales prerrogativas en favor del interés egoísta de unos pocos, es suicidia.
Cuando un españolito se ve en la tesitura de votar, le ronda por la cabeza la hipótesis de que si ganase un partido de izquierdas de verdad —el Partido Comunista, por ejemplo— los hijos del comandantillo se enfadarían mucho y montarían otra guerra civil. Seamos responsables —se dicen— y no les demos ocasión.
Así, en estos treinta años, la mayoría de quienes se consideraban de izquierdas terminaron por votar mayormente a los pelanas del PSOE. Para eso fue recreado ese partido —en origen fundado por el dignísimo Pablo Iglesias que, si viera hoy lo que se ve, dinamitaría sin dudarlo el Congreso, la sede del PSOE y a todos sus dirigentes y ensillonados.
A este paso, sin otra guerra civil ni nada, estas gentes del PP nos retrotraen a los tétricos desvaríos del comandantillo y liquidan los magros derechos conseguidos para instaurar un sistema genocida, antítesis de «Libertad, igualdad, fraternidad».
20120421
La superación del capitalismo (iv) Dinero público
«Las clases populares viven de su trabajo y además con sus impuestos —que ellas sí pagan—, financian el estado, para que éste garantice servicios públicos y protección social y no para regalar dinero a la banca y posteriormente sufrir recortes y permitir que se amnistíe a los delincuentes fiscales».—Carlos Martínez, El grito de la esperanza
Dicen que no hay dinero público pero lo gastan a manos llenas contra el pueblo y contra los intereses del pueblo.
Hay dinero público para llenar bolsillos privados —esa inyección masiva de liquidez, sin contrapartidas efectivas, que los ciudadanos españoles hemos regalado a los bancos. Por ese regalo, nos vemos ahora como nos vemos.
Hay dinero público para los safaris y cuchipandas del Borbón y su casa. Hay dinero público para financiar y subvencionar a la iglesia católica. Hay dinero público para asumir el coste fiscal de las exenciones de impuestos a la iglesia católica (IBI, IRPF, etcétera).
Hay dinero público para legislar al dictado de la mafia empresarial. Hay dinero público para asumir el coste fiscal de perdonar deudas a Botín y a gentes como él.
Hay dinero público para asumir el coste fiscal de la indecente amnistía a defraudarores y blanqueadores de dinero negro.
Hay dinero público para asumir el coste fiscal que supone la fuga de capitales —por encima de los 40.000 millones de euros anuales, por las grandes fortunas de banqueros y empresarios.
Hay dinero público para una guerra en Afganistán.
Hay dinero público para contratar más policía.
Hay dinero público para equipo antidisturbios.
Hay dinero público para reprimir y castigar la protesta.
Hay dinero público para defender la especulación global.
Hay dinero público para defender oligopolios privados (Repsol). Hay dinero público para los intereses de la industria farmacéutica. Hay dinero público para implantar el re-pago sanitario (en vez de abaratar el coste de medicamentos y rechazar el blindaje de patentes).
Hay dinero público para mantener los opíparos privilegios de la clase política. Hay dinero público para el enchufismo y el despilfarro en las Comunidades Autónomas, Diputaciones, Ayuntamientos o en esa inutilidad llamada Senado donde, a modo de cementerio de elefantes, siestean antediluvianos parásitos políticos.
«...el pacto de la transición, se ha roto. Lo ha roto la derecha y los grandes partidos del sistema. Ya no valen las soluciones del consenso, porqué nos están machacando y lanzando a la miseria. Nos están engañando y mintiendo. Nos han tomado el pelo».—Carlos Martínez, El grito de la esperanza
Véase asimismo «Marianico, en su nirvana franquista».
Dicen que no hay dinero público pero lo gastan a manos llenas contra el pueblo y contra los intereses del pueblo.
Hay dinero público para llenar bolsillos privados —esa inyección masiva de liquidez, sin contrapartidas efectivas, que los ciudadanos españoles hemos regalado a los bancos. Por ese regalo, nos vemos ahora como nos vemos.
Hay dinero público para los safaris y cuchipandas del Borbón y su casa. Hay dinero público para financiar y subvencionar a la iglesia católica. Hay dinero público para asumir el coste fiscal de las exenciones de impuestos a la iglesia católica (IBI, IRPF, etcétera).
Hay dinero público para legislar al dictado de la mafia empresarial. Hay dinero público para asumir el coste fiscal de perdonar deudas a Botín y a gentes como él.
Hay dinero público para asumir el coste fiscal de la indecente amnistía a defraudarores y blanqueadores de dinero negro.
Hay dinero público para asumir el coste fiscal que supone la fuga de capitales —por encima de los 40.000 millones de euros anuales, por las grandes fortunas de banqueros y empresarios.
Hay dinero público para una guerra en Afganistán.
Hay dinero público para contratar más policía.
Hay dinero público para equipo antidisturbios.
Hay dinero público para reprimir y castigar la protesta.
Hay dinero público para defender la especulación global.
Hay dinero público para defender oligopolios privados (Repsol). Hay dinero público para los intereses de la industria farmacéutica. Hay dinero público para implantar el re-pago sanitario (en vez de abaratar el coste de medicamentos y rechazar el blindaje de patentes).
Hay dinero público para mantener los opíparos privilegios de la clase política. Hay dinero público para el enchufismo y el despilfarro en las Comunidades Autónomas, Diputaciones, Ayuntamientos o en esa inutilidad llamada Senado donde, a modo de cementerio de elefantes, siestean antediluvianos parásitos políticos.
«...el pacto de la transición, se ha roto. Lo ha roto la derecha y los grandes partidos del sistema. Ya no valen las soluciones del consenso, porqué nos están machacando y lanzando a la miseria. Nos están engañando y mintiendo. Nos han tomado el pelo».—Carlos Martínez, El grito de la esperanza
Véase asimismo «Marianico, en su nirvana franquista».
20120419
La superación del capitalismo (iii) Genocidio y recortes
¿Pueden ser considerados actos genocidas los recortes impuestos al pueblo español por este gobierno mariano del PP a las órdenes del BCE (Banco Central Europeo), el llamado «sistema financiero», alias «los mercados»?
La Real Academia de la Lengua Española define genocidio como el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad.
La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de la ONU, adoptada por su Asamblea General el 9 de diciembre de 1948 y ratificada a día de hoy por más de 140 países, entiende por genocidio una serie de actos cuya intención es «destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso». Entre tales actos:
Que sobramos y nos quieren echar. Hay que hacer sitio a las gentes del norte, jubilados con todo por comprar, con pagas de verdad a nivel europeo y no las miserias que reciben los españoles.
Si la política consiste en decidir quién vive y quién muere, la política es el «arte» del genocidio. Y las medidas y recortes que se impone al pueblo español pueden ser consideradas directa e indirectamente genocidas.
¿Exagero? Dentro de seis meses no habrá dudas.
La Real Academia de la Lengua Española define genocidio como el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad.
La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de la ONU, adoptada por su Asamblea General el 9 de diciembre de 1948 y ratificada a día de hoy por más de 140 países, entiende por genocidio una serie de actos cuya intención es «destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso». Entre tales actos:
- Matanza de miembros del grupo;
- Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
- Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
- Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
- Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.
Que sobramos y nos quieren echar. Hay que hacer sitio a las gentes del norte, jubilados con todo por comprar, con pagas de verdad a nivel europeo y no las miserias que reciben los españoles.
Si la política consiste en decidir quién vive y quién muere, la política es el «arte» del genocidio. Y las medidas y recortes que se impone al pueblo español pueden ser consideradas directa e indirectamente genocidas.
¿Exagero? Dentro de seis meses no habrá dudas.
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